Revista CENTRA de Ciencias Sociales
| Enero-junio 2026 | vol. 5 | núm. 1 | pp. 231-234

ISSN: 2951-6641 (papel) 2951-8156 (en línea)

Reseñas/Reviews

https://doi.org/10.54790/rccs.162

M. E. Gutiérrez Jiménez. Cuando el republicanismo se encuentra con la caricatura. El Tío Clarín (Sevilla, 1864-1871), un modelo de prensa popular divergente a mediados del siglo XIX. Sevilla: Fundación CENTRA, 2024

Lara Campos Pérez

Instituto Politécnico Nacional, México

lara_camposperez@yahoo.es




La caricatura política decimonónica ha ido adquiriendo mayor protagonismo en el ámbito académico español durante los últimos años, sobre todo —aunque no solo— dentro de la investigación histórica. Las valiosas huellas contenidas en la prensa satírica ilustrada han sido descubiertas o redescubiertas por las y los historiadores de los últimos lustros como fuente con la que analizar desde un ángulo distinto, o con la que comprender mejor, los procesos políticos, sociales o culturales de aquella centuria. Sin renunciar a su valor heurístico para explicar procesos históricos, el libro del que nos vamos a ocupar a continuación, sin embargo, como señala su autora desde la Introducción, pone el acento en el papel que la inclusión de este tipo de imágenes pudo haber tenido en la transformación de los modelos periodísticos, en concreto, en su posible función como catalizadoras de la transición desde una prensa destinada a un número reducido de consumidores —los letrados de la primera mitad del siglo XIX— hacia una prensa de masas, que fue la que se generalizó a partir del arranque del siglo XX.

El humor gráfico, por tanto, como sostiene Gutiérrez Jiménez en su investigación, habría desempeñado un papel relevante como artefacto cultural que habría permitido la incorporación al debate público de segmentos de la sociedad hasta entonces excluidos; algo que se habría logrado gracias a las particularidades del lenguaje visual en general y del de la caricatura política en particular; un lenguaje capaz de interpelar a aquellos segmentos de la población hasta entonces marginados dentro del paradigma liberal decimonónico hegemónico. Así, de manera análoga a lo que en los años en los que se centra esta investigación —el final de la era isabelina y el inicio del Sexenio democrático— estaba ocurriendo con la prensa femenina, que, en ese caso, a través de la literatura y de los temas de moda y sociedad, brindó a otro segmento de la sociedad —el de las mujeres— la posibilidad de participar en el debate público, aunque fuera inicialmente desde los márgenes, la prensa política con caricaturas podría haber cumplido, según esta autora, una función similar dentro de las amplias bolsas de población iletrada que entonces existían en el país.

Para demostrar su argumento, Gutiérrez Jiménez utiliza como fuente el periódico ilustrado sevillano El Tío Clarín (1864-1871), sobre el que realiza un concienzudo análisis tanto desde el punto de vista de la historia crítica del periodismo como también desde el historiográfico y el estético. La elección de esta fuente, tanto por el periodo como por el lugar donde se publica, le permite plantear varias problemáticas encaminadas a demostrar su hipótesis. Una de ellas está relacionada con el desarrollo del republicanismo en España precisamente en los años que son objeto de estudio en este libro. Las culturas políticas republicanas habían quedado lógicamente fuera de los márgenes de la política oficial durante el reinado de Isabel II; sin embargo, durante los años finales de este, habían ganado gran número de adeptos de resultas de la pésima gestión de la monarquía. Aunque el republicanismo de entonces amalgamaba un heterogéneo grupo de intereses, todos ellos tenían como denominador común —más allá de su intrínseco antimonarquismo— la convicción de que era necesario, por una parte, ampliar la base social de la política, y, por otra, reconstruir el tejido social destruido después de décadas de mal gobierno; una reconstrucción que debía apoyarse en valores tan relevantes dentro de la reformulación moderna del republicanismo como la moralidad, la virtud y la participación ciudadana.

Es en este punto donde, como evidencia el acertado título que Gutiérrez Jiménez le ha dado a su monografía, el republicanismo se habría encontrado con la caricatura política, pues esta permitiría a los afectos con esta ideología política, al mismo tiempo que denunciar los abusos de la monarquía, educar a la ciudadanía para hacer de ella ese sujeto virtuoso que participaría de forma solícita y desinteresada en la gestión de los asuntos públicos. Así, las viñetas de actualidad publicadas en El Tío Clarín durante 1864 —que son analizadas sobre todo en el quinto capítulo de esta monografía— mostraban, por una parte, la inmoralidad de la monarquía y de la clase política ligada a ella, cuyo único objetivo parecía ser satisfacer sus intereses particulares; mientras que, por otra parte, el pueblo trabajador, al que se interpelaba mediante distintos arquetipos con los que los lectores/observadores podían sentirse identificados —tanto por la indumentaria como por los escenarios o la forma en que se expresaban los personajes que transitaban por esas viñetas—, era presentado como el elemento sano de la sociedad, el único capaz de redimir a una nación que llevaba décadas siendo maltratada.

Otro aspecto interesante que le permite a Gutiérrez Jiménez el análisis de este periódico satírico ilustrado es profundizar sobre la trayectoria ideológica, empresarial y artística de su creador, Luis Mariani Jiménez. El relato de su vida, así como el de los diferentes proyectos editoriales en los que participó, ofrece tanto una visión panorámica de la prensa política —ya fuera o no ilustrada— de los años en que permaneció en activo este agente cultural como algunas pistas más para relacionar el humor gráfico con el republicanismo. Respecto a esto último, resulta muy ilustrativa la reconstrucción que proporciona la autora sobre las redes que tejió Mariani con colegas suyos tanto españoles como europeos, sobre todo franceses. La creación de estas redes favoreció la circulación no solo de modelos estéticos o de técnicas de dibujo e impresión, sino también de ideas y principios, cuya formulación se realizaba tanto a través de palabras como de imágenes. Dentro de las redes españolas de Mariani, quisiera llamar la atención —como también lo hace la autora— sobre las que estableció con algunos colegas cubanos. La isla de Cuba, entonces todavía parte del Imperio español, fue la cuna de insignes republicanos, como Ramón María de Labra, además de que, al estar situada en América, tenía potencialmente un valor simbólico adicional, pues este continente se había convertido para buena parte del republicanismo español de estos años en tierra de progreso y libertad, frente a una vieja Europa que no lograba deshacerse de ciertas rémoras del pasado, entre ellas, la monarquía. De modo que la red transatlántica urdida por Mariani resulta asimismo interesante, en tanto que se integra dentro de esa red más amplia en la que participaron numerosos letrados de una y otra orilla del Atlántico.

Una tercera cuestión sobre la que reflexiona Gutiérrez Jiménez en su análisis de El Tío Clarín es sobre la relación entre lo local y lo global. El neologismo «glocal» aparece en esta monografía desde las primeras páginas y su significado —a saber, la adaptación de productos o ideas globales a escala local, o viceversa— le permite mostrar cómo esta cabecera de la prensa satírica ilustrada, a pesar de nutrir su agenda informativa con asuntos locales —una agenda informativa de la que también formaron parte las viñetas de actualidad analizadas—, abordaba temas de interés global, que quedarían sintetizados en principios y valores como la virtud, la moralidad o la participación ciudadana, que, como mencionábamos anteriormente, tenían especial significación dentro del pensamiento republicano. Con esta lectura en clave «glocal», la autora demuestra que los espacios generalmente considerados como periféricos tanto desde el punto de vista geográfico como del de la producción de ideas, no solo participaron de estas, sino que contribuyeron a su densificación a partir de las reformulaciones que propusieron, realizadas a la luz de su propia realidad.

Además de los tres aspectos señalados hasta aquí, El Tío Clarín da pie a Gutiérrez Jiménez para reflexionar sobre otros temas, que de una forma u otra involucran a la cabecera y que le permiten apuntalar su hipótesis de trabajo. Entre ellos, cabría destacar, por una parte, las transformaciones que experimentaron las culturas visuales durante las décadas centrales del siglo XIX, que, gracias a los avances científicos y a las tecnologías de reproducción de imágenes, lograron ampliar los referentes icónicos de las sociedades, aspecto que indudablemente debió afectar a las formas en que los espectadores de las viñetas políticas se acercaron a ellas. Por otra parte, e íntimamente ligado con lo anterior, el análisis propiamente de las viñetas de actualidad de El Tío Clarín permite a la autora reflexionar sobre las características y las posibilidades expresivas de los recursos visuales empleados de manera habitual en el humor gráfico, para lo cual se apoya, entre otras, en aportaciones realizadas desde la semiótica por especialistas como Gonzalo Abril o Cristina Peñamarín, con las que identifica y explica el funcionamiento de algunos tropos, de forma significativa la ironía, que constituye el elemento retórico por excelencia de este género verbo-visual. Asimismo, el análisis de esta cabecera también sugiere a Gutiérrez Jiménez una reflexión de carácter historiográfico, pues le permite llamar la atención sobre las cualidades intrínsecas de la caricatura como lugar de intersección entre la historia cultural y social, esto debido a la potencialidad de este artefacto cultural para provocar o promover acciones o movimientos dentro de ciertos segmentos de la sociedad, en el caso concreto estudiado, dentro de los simpatizantes con el republicanismo.

Respecto a este último aspecto, es decir, la respuesta provocada por las imágenes en los potenciales consumidores de estas, es donde quizás la monografía de Gutiérrez Jiménez resulta algo menos convincente. Como señalaba David Freedberg en su libro El poder de las imágenes. Estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta (Madrid, Cátedra, 1992), apuntar con cierto grado de certidumbre dicha respuesta obliga al historiador a abandonar el lugar de la conjetura y a buscar fuentes que permitan atestiguar que, efectivamente, esta se produjo, como ocurre, por ejemplo, con las imágenes religiosas altamente simbólicas, cuyas respuestas resultan fáciles de constatar a través de distintos tipos de fuentes. En el libro de que es objeto esta reseña, la relación entre las viñetas de actualidad publicadas en El Tío Clarín y el auge que experimentó el republicanismo en España en esos años no aparece documentalmente probada de forma contundente. Sin duda, se puede conjeturar que esas viñetas contribuyeron a propagar las ideas de que era portador este periódico entre aquellos segmentos de la población que las leyeron, ya fuera de forma directa o indirecta; sin embargo, resulta difícil ponderar el grado de influencia que tuvieron o el papel que desempeñaron dentro de los demás mecanismos que desplegaron los afectos al republicanismo en sus campañas proselitistas.

Este cuestionamiento sobre la respuesta a las imágenes (inevitable entre todas y todos los que trabajamos con esta fuente), desde luego, no invalida las aportaciones de esta monografía ni la demostración de la hipótesis principal que la articula, pues resulta claro que El Tío Clarín, tanto por su contenido verbal como sobre todo por el visual —por sus texturas, que es como la autora denomina cada página ilustrada de esta publicación—, representó un modelo de prensa transgresor tanto en la forma como en el fondo respecto al modelo hegemónico previo. Esta fórmula periodística, como apunta Gutiérrez Jiménez, debió de servir de gozne o bisagra entre el viejo y el nuevo periodismo, pues la voluntad de Mariani, su editor responsable y autor de buen parte de los contenidos, no fue la de servir de medio de comunicación únicamente para una élite letrada, sino que buscó interpelar al ciudadano común y corriente, aquel que podía verse reflejado en los personajes de las viñetas que formaron parte de todas las ediciones de este periódico; incluso en la propia máscara narrativa creada por Mariani, el tío Clarín, que con su traje goyesco y con su clarín y su garrote estaba dispuesto a azotar a todos aquellos y a todo aquello, que, en su opinión, debía ser objeto de crítica y de ridiculización.

Este libro, por tanto, que cuenta además con una muy cuidada edición, sobre todo en lo referente a la reproducción de imágenes —tanto de la cabecera analizada como de otras contemporáneas—, constituye una significativa aportación no solo para la historia del periodismo y la comunicación social, que es donde la autora pretende incidir de forma más directa, sino también para la historia política, social o cultural decimonónica a escala «glocal», pues las viñetas de actualidad de El Tío Clarín abordaron tópicos de todos estos temas, con los que, igual que los republicanos de otras latitudes, pretendió influir en la ciudadanía y hacerla partícipe de un proyecto político en donde estaba llamada a ocupar un lugar protagónico.